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hikari_shiroki ([personal profile] hikari_shiroki) wrote2013-01-14 01:31 pm
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[Original] El gato malvado y la perrita valiente

 

El gato malvado y la perrita valiente

por K. B. Ch.

Una tranquila mañana de verano, tres primos llamados Manuel, José David y Lucas se encontraban sentados en el piso de la sala jugando con un rompecabezas mientras su tía Karla leía un libro muy grueso sentada sobre el sofá.

—¡Esta pieza no va aquí! —reclamó enojado Manuel mientras José David intentaba poner, sin mayor éxito, la pieza equivocada en un espacio vacío por tercera vez— Ya te había dicho que no.

—¡Yo creo que va! —dijo empeñado su primo, sin darse por vencido— Solo hay que ponerla bien —aseguró mientras empujaba la pieza con todas sus fuerzas.

La pieza finalmente entró por la presión de sus dedos y Lucas, quien solo tenía un año de edad y no podía hablar bien todavía, dio palmadas para demostrar que estaba feliz con que su hermano mayor consiguiera encajarla.

Pero la figura del rompecabezas no lucía bien ahora que la pieza estaba en un lugar equivocado, así que Manuel volvió a mostrarse insatisfecho.

—¡No va ahí! —les dijo a los dos hermanos mientras intentaba sacar la pieza­— No está bien.

Sin embargo, por más que intentó desencajar la pieza, esta se encontraba tan fuertemente encajada que le fue imposible hacerlo.

—Ahora ya no sale —se quejó en voz alta una vez más.

—Déjamelo a mí, yo soy muy fuerte —le explicó José David mientras hundía sus pequeños dedos en los bordes de la pieza e intentaba con todas sus fuerzas sacarla.

El pequeño jaló y jaló hasta que, ¡pum!, de un gran empujón se fue de espaldas y la pieza que tenía sosteniendo entre sus dedos salió volando a través de la sala y cayó justo a los pies de Mochi, la perrita pequinesa de su tía Karla, que dormía la siesta matutina bajo las sillas del comedor.

Los tres niños se quedaron pálidos del miedo por un segundo. Mochi, la vieja y pequeña perrita, tenía un mal humor terrible y más de una vez les había enseñado los colmillos gruñendo si, inadvertidamente, se le acercaban demasiado.

—¡Oh, no! ­—exclamó Lucas sin poder decir más.

—Ahora nunca armaremos el rompecabezas —dijo casi llorando Manuel, era su rompecabezas favorito.

José David le lanzó una rápida mirada a su tía, quien seguía leyendo muy entretenida su libro, y luego se volvió una vez más hacia sus primos.

—¡Tengo una idea! ­—les dijo cuchicheándoles para que nadie más los escuchara.

Unos minutos después, los tres niños se encontraban en diferentes lugares estratégicos de la sala. Manuel, al lado de la puerta, ya que era el más alto de todos ellos. Lucas, detrás del sofá, vigilando a que su tía no se diera cuenta de lo que estaban haciendo, y José David encima de la silla del comedor, esperando para recuperar la pieza al primer movimiento de Mochi.

A un gesto de su primo, Manuel abrió la puerta y la calle apareció tras ella, iluminando toda la sala. La vieja perrita pegó un ladrido de alegría e inmediatamente se lanzó hacia afuera.

—¡¿Qué?! ¡La puerta se abrió! —exclamó tía Karla mientras dejaba el libro sobre el sofá e iba detrás de Mochi— ¡Oh, no! Mochi —dijo abatida desde la entrada, antes de volverse a los niños y mirarlos preocupada— Voy a buscarla, ¡no se muevan de aquí hasta que regrese! —les pidió con autoridad.

Una vez que los niños estuvieron solos, José David les enseñó a ambos la pieza que había recuperado. El plan había sido un éxito.

—Buen trabajo, Manu —le dijo José David mientras se pasaban la pieza de mano en mano y reía contento con los demás.

De pronto, Lucas jaló el brazo de su hermano y luego se ocultó a sus espaldas. Manuel miró en la dirección que había señalado su pequeño primo y vio, en la puerta, un enorme gato de color amarillo con rayas naranjas, que husmeó un momento el aire antes de deslizarse dentro y mirar amenazadoramente a los tres niños.

Ese gato era muy peligroso. Muchas veces se había metido en la casa cuando Mochi no estaba y siempre había terminado arañando o maullando a los adultos que intentaban sacarlo.

—¡Ese gato malo nos va a morder! —les advirtió Manuel a sus dos primos, quienes no conocían tan bien sus maldades como él.

José David había tenido un gatito por unas semanas cuando era más pequeño y no le parecían tan terribles, así que se acercó a este con curiosidad. Pero a su primera tentativa de acariciarle la cabeza tuvo que darle la razón a su primo: el gato le había lanzado un zarpazo tan terrible que de no haberse agachado de seguro habría dejado un rasguño en su sonrosada cara.

Lucas vio el peligro y se puso a llorar detrás de ellos. Mientras Manu jalaba a su primo hacia atrás alejándolo del peligro.

—Te dije que era malo —le repitió mientras tiraba patadas al aire para asustar al animal— ¡Fuera, fuera!

Pero el gato amarillo no se inmutó, las patadas no llegaban siquiera cerca de él y no les tenía miedo a tres niños pequeños incapaces de defenderse por su cuenta. Los miraba con sus grandes ojos naranjas buscando un lugar por dónde escabullirse para hacer maldades en la casa.

Unos segundos después, inesperadamente, lanzó un feroz maullido y encaramándose sobre sus dos patas traseras dio un gran salto sobre los asustados primos.

Manuel y José David se apartaron de otro salto justo a tiempo, pero Lucas, el más pequeño de ellos, no pudo reaccionar de igual forma y quedó frente a frente con el peligroso gato.

—¡Luquiño! —gritaron los dos primos desesperados dándose cuenta demasiado tarde que el otro niño no había escapado a tiempo.

Lucas rompió a llorar otra vez y el gato levantó una de sus afiladas zarpas para dar el golpe.

De pronto, se escuchó un ladrido estruendoso en la distancia y seguidamente entró, como un rayo negro, la figura de otro animal en la sala. ¡Mochi había regresado! Y parándose valientemente frente al gato, lo apartó del pequeño Lucas gruñendo y ladrando de una manera terrible.

Al pendenciero gato se le erizaron los cabellos del lomo, dio un gran salto que lo puso sobre la mesa y derribó un florero que se encontraba encima. La valiente Mochi lo siguió encaramándose sobre una silla y el gato, muy asustado, escapó de un salto por la puerta para ya no regresar.

Los tres niños habían visto toda la pelea con una enorme sorpresa y en silencio expectante, pero, al ver que el gato se retiraba con el rabo entre las piernas, comenzaron a lanzar grandes vítores alabando la fiereza de Mochi y su coraje por enfrentarse contra ese malvado gato.

—¡¿Qué pasó aquí?! —escucharon que alguien decía muy enojada a sus espaldas— ¡Mochi! ¡¿Qué haces encima de la mesa?! ¡El agua del florero está ensuciando todo!

Tía Karla había llegado sin darse cuenta del gato que había huido y con solo ver el alboroto que había surgido en el interior de su sala comenzó a lanzar gritos mal merecidos de reproche a su perrita Mochi. Esta se encontraba tan acongojada por el gesto duro con el que su dueña la reprendía que había hundido la cabeza y bajaba la cola en señal de sumisión.

José David y Manuel sabían que no había sido culpa de Mochi que el agua del florero se hubiera derramado, pero tenían demasiado miedo de ser castigados por haber abierto la puerta como para atreverse a defenderla. Lucas, sin embargo, era muy pequeño todavía para temer algún castigo, así que comenzó a quejarse fuertemente sobre el error de su tía.

—¡Mochi no! —repetía con fuerza— ¡El gato! —aclaraba, pero le faltaban las suficientes palabras para hacerse comprender del todo.

—¿Un gato? —preguntó Karla después de limpiar la mesa y colocar nuevamente las flores en su lugar— ¿Viste un gato, Luquiño?

Y como Lucas moviera la cabeza de arriba abajo con fuerza, se dirigió seguidamente a sus sobrinos más grandes.

—¿Se ha metido un gato mientras estaba fuera? ­—les preguntó a Manuel y José David esta vez.

—Se metió un gato amarillo muy grande —le comenzó a decir José David.

—Ese gato malo que araña —le explicó Manuel, pues él ya había visto a ese gato más de una vez.

—Quiso morder a Luquiño —le contó José David haciendo un gesto de mordisco con sus dientes.

—¡Pero Mochi lo defendió y el gato se fue! —terminó de contarle, muy satisfecho, Manuel.

Su tía Karla se cubrió la boca espantada ante su equivocación y enseguida corrió al lado de su perrita para disculparse.

—Entonces Mochi había sido una heroína y yo le estaba llamando la atención —decía mientras la abrazaba y le hacía mimos en las orejas— Qué mala he sido. Ahora te serviré una copa de helado para compensarte, mi pequeña.

Mochi comenzó a mover la cola, muy contenta con el aperitivo prometido y con su propia hazaña, al proteger la casa de su dueña. Los niños la rodeaban también con grandes sonrisas, muy alegres de que la perrita fuera tan valiente.

—Gracias, Mochi. Salvaste a mi hermanito —le dijo José David acariciando su cabecita negra con su mano.

Manuel estaba a punto de recordarle que la perrita tenía muy mal humor para cualquiera que no fuera su tía Karla y que muy posiblemente no le gustara que José David la tocara, pero no fue necesario.

Mochi se dejó acariciar por un momento muy contenta, mientras seguía moviendo su colita.

—Qué bonita es —exclamaron los tres al verla tan tierna.

Pero este comentario terminó de devolver a la realidad a la perrita. Enseguida recordó que no debía dejarse tocar por los niños, sacudió la cabeza para librarse de la mano que la acariciaba, y seguidamente les lanzó un gruñido, para recordarles que ella era “terrible y mala”. Y cuando los primos estuvieron bien lejos, volvió nuevamente a su lugar bajo las sillas del comedor, mirando hacia otro lado con un gesto petulante.

Los niños se miraron perplejos ante este cambio de actitud y por muchos años después no se lo supieron explicar.

Pero esa mañana terminó con muchas risas y un rompecabezas armado a la perfección, pues justo después de poner la última pieza su tía Karla había traído helado en un plato no solo para Mochi, sino en tres copas de colores para ellos también. Y mientras ayudaba a comer a Lucas, los otros dos niños le narraron entusiasmados con muchos gestos y actuaciones teatrales la aventura del malvado gato y la perrita valiente.

FIN